27 octubre 2017

Sobre la Revolución de Octubre




Isabel Calzas
Diego Rivera - Revolución rusa (Lenin & Trotsky)
Lenin y Trotsky. Diego Rivera

En estos días en los que se conmemora el centenario de la Revolución rusa de 1917, traemos aquí una selección de libros sin más pretexto que el haber ido encadenando su lectura en los últimos meses.

Señalar la importancia del acontecimiento es ya un lugar común, pero lo cierto es que no podemos obviar su centralidad en todo lo ocurrido a lo largo del pasado siglo, tanto por su influencia decisiva en las relaciones internas y externas entre los países, como por haber marcado, en muchos y decisivos casos, los cambios políticos y las posiciones de los partidos. El historiador marxista británico Eric Hobsbawm desarrolló el concepto del “corto siglo XX” que comprendería desde 1914 hasta 1991, enmarcado entre el inicio de la Primera Guerra Mundial, que supuso la desintegración de los imperios ruso, austro-húngaro, alemán y otomano, y el derrumbamiento del bloque soviético, un siglo indudablemente recorrido por las consecuencias de la Revolución rusa.

Son bastantes las novedades que se han editado o reeditado este año en torno a este centenario, como es el caso de la traducción de La Revolución rusa de Richard Pipes (Debate, 2016), publicada originalmente en 1990. 

Su autor está considerado como uno de los mayores especialistas en historia rusa y fue asesor del presidente Reagan durante los años 80 para asuntos soviéticos. Es bien conocida su visión crítica de la Revolución, pero su lectura, pese a lo voluminoso de su obra, es absorbente. Describe y examina, desde los inicios, los acontecimientos acaecidos en las décadas finales del siglo XIX, pasando por la revolución de 1905 hasta llegar a la Guerra civil. Es muy interesante el análisis que hace de los diferentes grupos sociales, como el campesinado y los intelectuales, y su posicionamiento en torno a los acontecimientos. Su idea principal es que la verdadera revolución se produjo en del mes febrero, que desembocó en el derrocamiento de la monarquía y el establecimiento de un gobierno provisional, pues lo que tuvo lugar en octubre fue un golpe de estado de los bolcheviques. Su análisis de la figura de Lenin es muy crítico, incluso demoledor en cuanto a algunas cuestiones, como su ambición de poder y su odio irracional a la burguesía.

Otra obra de análisis es la de Rex A. Wade, 1917: La Revolución rusa (La Esfera de los Libros, 2017). Su narración es más sintética pero ofrece una clara descripción de los hechos, aportando también la visión de lo que ocurría paralelamente fuera de las grandes capitales como San Petersburgo y Moscú, y dando cuenta de los desplazamientos que surgieron en los partidos, lo que denomina como “realineamiento” de todo el espectro político.

Atrapados en la Revolución rusa de Helen Rappaport (Palabra, 2017) es una interesante crónica de cómo vivieron en primera persona estos acontecimientos los extranjeros allí residentes, pues por causa de su profesión trabajaban en oficinas, bancos, embajadas, periódicos o eran meros visitantes. Buena parte de ellos dejaron testimonio de su experiencia a través de cartas y de diarios que dan cuenta de los hechos en aquellos primeros momentos en las calles de San Petersburgo. Esta narración coral nos presenta la visión múltiple de unos testigos presenciales capaces de describir las colas de las mujeres para abastecerse de pan, los enfrentamientos y las movilizaciones en las calles, las cargas contra los manifestantes o la pasividad del Zar, pero que también, y al mismo tiempo, transmiten las ilusiones y las esperanzas que se vivieron en aquellos momentos decisivos.

Por último una visión de parte, la que nos ofrece Victor Serge en Memorias de un revolucionario (Veintisiete Letras, 2011).  Hijo de emigrantes rusos y nacido en Bélgica, dedicó su vida a la revolución, a la que no se pudo unir hasta 1919, año en el que se le permitió viajar a Rusia. Trabajó con Gorki y con Zinoviev, participando activamente en los primeros años de cambio político que se produjo en el país. Admirador de Lenin, pero muy crítico con la represión que se inició desde los primeros años (Kronstadt, organización de la Cheka, etc.), toda su obra, incluida la de ficción, da testimonio de su integridad intelectual y de su espíritu crítico con los resultados de la Revolución.

La Revolución Rusa en la Biblioteca de la UNED

01 septiembre 2017

Literatura testimonial 1.: La vida de los otros o mi reino por una autobiografía

Ana Parra

En el Mercader de Venecia de Shakespeare, Shylock afirmaba que era judío y que se enfriaba y calentaba con el mismo invierno y verano que un cristiano. Y que, al igual que ellos, a los judíos si les pinchaban, sangraban; si les hacían cosquillas, se reían; si eran envenenados, morían; y si les hacían mal, se vengarían. Este monólogo me viene siempre a la cabeza cuando empiezo a leer autobiografías. Porque, como afirmaba Shylock, todos reímos, lloramos, morimos o nos vengamos, aunque algunos necesitan expresarlo por escrito y es ahí cuando empieza lo bueno. Si el autor se siente inspirado, nos puede detallar la longitud de la cortina de la habitación en la que se encontraba cuando le visitaron las musas, para deleite de sus incondicionales.

Al final de la obra Los hechos: autobiografía de un novelista, de Philip Roth, su alter ego, Nathan Zuckerman, reprocha a Roth que sea más fidedigno, más real en la ficción, cuando se refleja en su personaje, que cuando escribe su propia biografía. Como afirma su personaje: “A quien escribe una autobiografía, en cambio, lo juzgamos desde el punto de vista moral, porque su motivación primordial no es estética, sino ética. ¿Hasta qué punto lo narrado se acerca a la verdad? ¿Está el autor ocultando sus motivos, está presentando sus actos e ideas para poner al desnudo la naturaleza esencial de las condiciones, o está tratando de ocultar algo, está contando para no contar?”.

Y creo que es, desde esta perspectiva, desde la cual nos tenemos que asomar a las autobiografías. No nos engañemos, las autobiografías sirven para que el autor pueda darnos su versión y nada más que su versión de su vida: justifica sus actos, sus amistades y, en muchas ocasiones, alimenta su ego.

Uno de los mejores ejemplos, en este sentido, lo tendríamos en las autobiografías de Alma Mahler (1879-1964), Mi vida, publicada en 1960 y la de Oskar Kokoschka (1886-1980) publicada en 1971. Conocida es la historia de ambos personajes: viuda de famoso compositor inicia una relación tan apasionada como destructiva con un joven artista con cuadros y muñeca de por medio. Pero, si uno se acerca a sus autobiografías, únicamente coinciden en una cosa: la pasión que hubo entre ambos. Ellos hicieron lo que tan a menudo encontramos actualmente en las películas y series de televisión: mostrar el argumento desde diferentes puntos de vista.
"La novia del viento" O. Kokoschka (1914)


Si añadimos la opinión de Elias Canetti (1905-1994) sobre Alma Mahler en su extensa e interesante autobiografía, podemos echar más leña al fuego. Alma Mahler no dejaba indiferente a nadie y despertaba tanto amor como odio a su alrededor. Canetti, enamorado durante un tiempo de Anna Mahler, se encuentra dentro del segundo grupo.

Las autobiografías, obviando los datos anecdóticos, son capaces de mostrarnos las costumbres y peculiaridades de un periodo histórico determinado. Si el autor se fija en los detalles, nos puede dar una descripción precisa del ambiente de aquella época. La autobiografía de un amigo de Alma Mahler, Arthur Schnitzler, Juventud en Viena: una autobiografía, podría pasar por una larga enumeración de sus conquistas. Por el contrario, es un buen ejemplo para mostrar los recovecos morales, así como los usos y prácticas amorosos de aquel periodo. Schnitzler era médico y en sus memorias tiene muy presente una de las enfermedades de transmisión sexual más importante a lo largo de la historia, la sífilis.

Lo más interesante de las autobiografías no es la vida que narran, pues esa más o menos ya la conocemos y, como afirmaba Zuckermann “nos cuentan para no contar”. Sin embargo, no sirve de nada una autobiografía descontextualizada y eso el autor lo sabe bien y nos da datos sobre sus amistades, su vida cotidiana, el marco histórico en el que se mueve y que nos permite fijar a ese personaje en la historia. Ese es el verdadero interés de una autobiografía. Más allá de la historia de amor de Alma y Kokoschka, vislumbramos el papel de la mujer burguesa en el siglo XIX y principios del XX; el círculo intelectual de Viena; los horrores de la guerra, de las dos guerras mundiales; el éxodo de miles de judíos... En resumen, la crónica de una Europa convulsa que pasó de la libertad al horror en muy poco tiempo.

Las autobiografías no son una forma convencional de acercarnos a una historia que cada vez nos resulta más lejana. Pero, a su modo, nos allanan el camino para comprenderla mejor, pues es historia vista a través de los ojos de quien la vivió como vida y no como la reconstruye, a partir de datos muertos, un historiador.

Bibliografía:
  • Canetti, Elias. El juego de ojos. Barcelona: Debolsillo, 2011.
  • Kokoschka, Oskar. Mi Vida. Andanzas. Barcelona: Tusquets, 1988.
  • Mahler, Alma. Mi Vida. Barcelona: Tusquets, 1997.
  • Roth, Philip. Los hechos: Autobiografía de un novelista. Barcelona: Debolsillo. 2000.
  • Schnitzler, Arthur. Juventud en Viena: una autobiografía. Barcelona: Acantilado, 2004.

05 junio 2017

Confrontando el mal. Ensayos sobre memoria, violencia y democracia

Paloma L. Sanz

Esta reseña es para alivio intelectual de todos aquellos que tenemos gusto por la literatura, el cine o cualquier expresión artística relacionada con el terror, los crímenes, la violencia y, en general,  las peores actividades que puede llevar a cabo el ser humano solo, o en compañía de otros. Visto así pudiera parecer que somos un reducido y extraño grupo con alguna psicopatología, pero nada más lejos. Este tema, el mal, está presente cada día en nuestras vidas. Tal vez no directamente, pero forma parte de nuestro día a día. Ya sea en conversaciones serias, en las que comentamos las últimas desgracias, individuales o colectivas vistas en los informativos, o en nuestro tiempo de ocio, en el que devoramos libros, películas o series de televisión cuyo tema principal y casi único es esa capacidad de hacer daño que adorna a la especie humana.


¿Por qué nos horroriza el mal a la vez que nos fascina? Ha caído en mis manos estos días un libro de la colección Moral Ciencia y Sociedad de la editorial Plaza y Valdés. “Confrontando el mal. Ensayos sobre memoria,violencia y democracia”, en el que los profesores Antonio Gómez Ramos y Cristina Sánchez Muñoz han recogido el producto de sus investigaciones y las reflexiones, en forma de artículos, de diversos autores buenos conocedores de la materia. Y puesto que hablamos del mal como objeto de investigación, los aspectos políticos, jurídicos y socio-culturales son quizá los más interesantes que han movido a sus autores a la reflexión acerca de las vías por las que los individuos y las sociedades pueden comprender los conflictos de su pasado reciente y del presente más inmediato.
Parece un tema muy sencillo. Cada día leemos sobre este tipo de acontecimientos y los hemos incorporado a nuestra vida con una normalidad que casi asusta. Comemos mientras observamos escenas atroces, cercanas o lejanas en el espacio o en el tiempo. A veces parece que se repiten cíclicamente y nos resultan tan cotidianas.  A menudo nos posicionamos mecánicamente sin pensar más allá de lo que nos marcan los límites de nuestros prejuicios ideológicos, culturales o de cualquier tipo. Pero, ¿hemos reflexionado alguna vez sobre distintos aspectos de todo ese daño del que somos testigos o protagonistas?

El texto comienza intentando dar una explicación conceptual sobre un tema que es inabarcable. La capacidad humana de profundizar en las formas de hacer mal es infinita y la posibilidad de catalogarlas, a pesar de los muchos intentos, es inútil.

¿Cómo se mide el mal? ¿Por el número de víctimas? ¿Por la dimensión del daño causado? ¿Por su duración en el tiempo? ¿Es menor el sufrimiento si se infringe a un solo individuo? ¿Es mayor si se realiza a un colectivo?... ¿De dónde viene el mal? ¿Cuál es su origen? Una vez causado, ¿cómo lo gestionamos?.

Es un libro que plantea más preguntas que respuestas, que invita a la reflexión y a la discusión y ofrece para ello distintos artículos y referencias a otros textos y autores. Que nos sorprende con cuestiones que nos conciernen y comprometen a través de ejemplos de nuestro pasado reciente. El daño es un acontecimiento que se produce en un breve espacio de tiempo, sin embargo, sus consecuencias precisan de un largo período de tramitación. La Guerra Civil duró unos tres años, y ya van dos generaciones afectadas y con problemas en la gestión de sus consecuencias. En Alemania, doce años de Nacional Socialismo  han provocado dos o tres generaciones que sufren sus consecuencias.

Las últimas reflexiones del libro son también las más interesantes y las que nos vinculan directamente con nuestra historia más reciente, las consecuencias del mal. La reparación, la justicia, la memoria…
El mal continúa. Siempre está ahí, al igual que sus efectos. Podemos utilizarlo en cualquiera de sus presentaciones para sobrecogernos, hacer subir nuestra adrenalina, quejarnos o ponernos de perfil. Pero como no podemos obviarlo, este “Confrontando el mal” nos puede ayudar a no verlo con superficialidad.