22 enero 2018

Charlotte

Elodia Hernández


Charlotte Salomon fue una pintora alemana asesinada en Auschwitz. Su infancia estuvo marcada por la enfermedad y el suicidio de su madre (aunque a ella siempre le dijeron que había muerto por la gripe). Desde su nacimiento, la muerte estuvo presente en su vida: Charlotte aprendió a leer su nombre en la tumba de su tía, que se llamaba como ella.

En su juventud, sufre el ascenso del nazismo. Su familia es declarada cien por cien judía y desde el principio, a su padre (médico y profesor en la universidad) y a su madrastra (cantante de ópera) les prohíben trabajar. A pesar de ser judía, es admitida en la Academia de Bellas Artes de Berlín. Entremedias vive una historia de amor con Alfred, el profesor de canto de su madrastra. Sin embargo, en 1938 se le niega un premio que otorga la Academia y se lo dan a otra estudiante, por miedo a llamar la atención de las autoridades si se lo dan a una judía.

Cuando la situación se hace insostenible, deciden que Charlotte  vaya al sur de Francia, donde viven sus abuelos desde 1933, y sus padres huyen a Holanda. Durante un tiempo, vivir en esa zona será seguro, ya que forma parte de la Francia no ocupada. Allí, después de descubrir un secreto familiar que la marca, se dedica a pintar. Antes de ser detenida, le entrega a su médico una maleta llena de pinturas y le dice: «Es toda mi vida». Más tarde, será deportada a Auschwitz donde murió en 1943.

Foenkinos encuentra a Charlotte


En Charlotte (Alfaguara, 2015),  Foenkinos no se limita a escribir una biografía típica, en la que únicamente se cuenta la vida de la biografiada. A lo largo de toda la narración, el autor nos va dando pistas de la admiración que siente por esta artista y de cómo realizó la investigación para poder escribir su historia.

Charlotte está escrita de una forma muy peculiar: a través de frases muy cortas y cada una en un reglón, a modo de versos y estrofas. Para Foenkinos no se trataría de versos, sino más bien de respiraciones. De esta manera,  cuenta la historia de forma muy fluida y hace que queramos seguir leyendo para conocer a Charlotte y… seguir respirando. 

Además de rescatar la interesante vida de la artista, el autor introduce momentos en los que cuenta cómo descubrió ―por casualidad― a Charlotte Salomon en una exposición; la complicidad con ella desde el momento que ve sus dibujos; y cómo fue indagando hasta conocer su vida. Visitó todos los lugares que tenían relación con ella, excepto Auschwitz. En todo momento deja ver su admiración y la emoción que le hace sentir su obra.

Indudablemente, la vida y obra de Chalotte Salomon bien merecen ser conocidas, pero Foenkinos nos la cuenta de una forma muy personal y emotiva, aumentando su interés; es fácil percibir la fascinación que siente por ella. De hecho, desde el momento en que la descubrió, pensó en contar su historia, aunque aún tardaría algunos años en ser capaz de escribirla